Érase una vez un sueño

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La batalla de los mosquitos

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Pese a que estoy de exámenes y debería estar estudiando, haciendo alguna práctica o cualquier otra cosa productiva, tengo la necesidad de escribir y de contar la batalla que ha cambiado el destino de la humanidad y determinado el curso de la historia, al menos dentro de mi cuarto, que últimamente es como todo mi universo.

El calor, además de traer cielos azules y ganas de ir a la playa, siempre trae consigo un cruel ejército, que suele atacar con nocturnidad y alevosía. Los mosquitos. Sí, amigos, los mosquitos, las mosquitas, las moscas y los moscos. Todos ellos atacan sin cuartel y no sé por qué tienen una cierta predilección por mi sangre, o eso he llegado a pensar dado que cuando alguien duerme junto a mí, nunca recibe picaduras, y en cambio yo…

Pero este enemigo no es desconocido para mi, no señor, me considero un veterano, dado que cuando en Finlandia llegó el buen tiempo (en invierno no había mosquito lo suficientemente valiente), llegaron con él los mosquitos mutantes fineses. La primera vez que vi uno, no sabía si era un mosquito o un elefante alado, las dos podían ser ciertas, así que opté por la estrategia estadounidense, primero le metí un cojinazo y luego estudié el cadáver. La autopsia resultó no concluyente y no sabíamos si repatriar el cuerpo a la tierra de los elefantes voladores o enterrarlo en el jardín. Al final tuvo que decidir Hacienda, que somos todos. Tengo pruebas fotográficas, con un mosquito fotografiado al lado de una moneda de 5 céntimos, permito apuestas por saber cuál de los dos era el más grande.

Además en Finlandia ocurría que estabas relativamente a salvo en la ciudad, pero en cuanto salías un poco de la urbe o te introducías en un bosque, ¡zas! Cientos de ellos venían a por ti, y a veces con sus amiguitos. Recuerdo que antes del viaje en bicicleta que hicimos por el archipiélago, las finlandesas compraron un aparato extractor de garrapatas… ver para creer, menos mal que no hizo falta su uso.

Tras la misión en tierras escandinavas, llegó la operación azteca. En México también me tocó descubrir, que pese a ser un continente distinto, los moscos, como allí los suelen llamar, seguían prefiriendo mi sangre, y aún más la sangre de mis tobillos, y lo peor de todo fue que allí no llegaron al final, si no que fue durante todo el semestre. Una lucha de desgaste como se suele llamar. Y encima cuando íbamos al sur empezaron a cagarme con historias sobre el dengue y demás… Al final, conseguí sobrevivir.

Pero ahora, tras la llegada de nuevo al hogar, me he encontrado con qué me siguen atacando, parece que no se dan por vencidos, tal vez sea una estrategia planetaria en mi contra (¿egocéntrico yo?). El otro día mí padre y yo amanecimos llenos de picaduras, y aunque tanteamos la opción de una posible araña, no íbamos a permitirnos el lujo de esperar a que la ONU nos diera su visto bueno, los mosquitos tenían armas de destrucción masiva y había que hacer algo al respecto, sí amigos, otra vez la estrategia estadounidense.

Mi padre optó por la guerra química. Una rociada de un agente destructor de insectos que tenía y otro agente químico (obtenido en frascos de 45 ml en Mercadona) conectado a la pared durante toda la noche. Yo, sin embargo, preferí el combate mano a mano, la estrategia pura y dura.

Justo al apagar la luz, empecé a oírlos, estaban en mi cuarto y aunque sabían que yo aún no me había dormido, no les importaba que yo supiera que estaban allí, seguían zumbando. Consideré que eso era un desafío, y salí de la cama, armado con mi cojín de Mimosín y aquel de un pato que hice como manualidad escolar hace tantos años (sí, duermo con un cojín de Mimosín y uno de un pato, ¿qué pasa? ¿No seguís viviendo ninguna parte de vuestra infancia?). Así que tras ponerme las gafas y encender la luz, ya estaba totalmente dispuesto para el combate, en calzoncillos, eso sí, pero dispuesto para el combate, cual Rambo, me disponía a acabar con ellos, uno a uno.

Permanecí inmóvil, expectante, con el radar del oído activo, y el primero cayó muerto al golpearlo entre los dos cojines. Mimosín ahora tenía una mancha roja, pero había sido necesario. Seguí escuchando, viendo donde estaban y entonces, vi uno en la pared, un golpe de Pato, y ya había un mosquito menos y una mancha más en la pared. La guerra me estaba costando cara, pero era necesaria, o eso tendría que explicarle a la ONU al día siguiente, vamos a mi madre cuando viese las manchas.

Cuando lancé el cojín desde dos metros para alcanzar a la tercera víctima, he de reconocer que se me subió un poco a la cabeza, y ya me creía Lucky Luck, pero no pude atacar a uno que se colocaba inteligentemente sobre el portátil y todas las cosas de la mesa, sabía que no arriesgaría tanto. Pero más tarde se acercó al armario, y ese fue su último error…

Tanto mosquito muerto (y también muchos cojinazos al aire, todo hay que decirlo) y como no oía nada, dejé las gafas y volví a la cama, a dormir abrazado a mi ensangrentado cojín de Mimosín, pero pasados unos minutos, llegó la sorpresa, había quedado uno vivo, y el cabrón hacía ruido para que yo supiese que estaba ahí. Lo bauticé Bin Laden.

No tenía ninguna gana de volverme a levantar, pensé que el mosquito no haría nada, había visto morir a por lo menos tres generaciones de su familia de golpe, o más bien a golpes, así que pensé que quería una tregua, o a lo mejor moría de viejo, los mosquitos no suelen vivir más de un par de semanas, creo, a lo mejor esta era su última noche y no me picaba. La cuestión es que no tenía ninguna gana de volver a levantarme, me cubrí todo lo que pude con las sábanas y me dormí escuchando el zumbido de mi archienemigo.

A la mañana siguiente, más picaduras, cuatro creo recordar. Así que la noche siguiente, hice caso a mi padre y opté por la guerra química, mucho más efectiva claro, pero más aburrida a mi entender.

Written by dajoropo

7 junio, 2006 at 14:12

Publicado en Lo que une un día con otro

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Las tortugas deberían poder volar

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Gracias a la protección de su dura piel las tortugas pueden, cerrando sus ojos, comerse a las medusas. No muchos pueden atacar a una medusa, imagínate que te convirtiese en piedra. Cuando Medusa estaba embarazada de Poseidón fue decapitada por Perseo, que la consiguió derrotar gracias a la ayuda de Atenea y Hermes. Tras esto surgió de su cuello su descendencia, el gigante Criador y el caballo alado Pegaso. Belerofonte tras lograr vencer a la Quimera y al pueblo de las Amazonas consiguió domar a Pegaso, pero su arrogancia le hizo ordenarle que le llevase al Olimpo, para así convertirse en un dios. Zeus se dio cuenta de esto y envió un mosquito para que clavara su aguijón en los riñones de Pegaso. El caballo se enfureció tanto que tiró a Belerofonte y luego siguió ascendiendo en el cielo hasta que se convirtió en una constelación dentro del firmamento. Belerofonte sobrevivió a la caída, pero terminó maltrecho y vagando por la tierra añorando su glorioso pasado. Glorioso pasado que le fue arrebatado por un mosquito, que es un díptero que succiona sangre. Aunque exceptuando los mosquitos del género de los Toxorhynchites, sólo las hembras pueden succionar sangre usando su boca. Uno de los mosquitos que más tiempo puede vivir tiene un ciclo de vida de un mes. Hay doce meses debido a las doce constelaciones del zodíaco, y el mes de agosto tiene treinta y un días porque el emperador Augusto no consideró que su mes debiera de ser más pequeño que el dedicado a Julio César. En el mes de julio las tortugas que se acercan al Golfo de México están en periodo de anidación.

Primer Zapatazo

Written by dajoropo

3 septiembre, 2005 at 22:38

Publicado en Zapatazos

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