Érase una vez un sueño

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Carteles curiosos

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Mirando fotos olvidadas en el disco duro se encuentra uno con grandes y agradables sorpresas. Lo último que me he encontrado ha sido una colección de fotos de mi primer piso aquí en Madrid. Vivíamos unas 9 personas en el piso, y la casera, muy divertida ella, iba dejando carteles por el piso para comunicarnos cualquier problema. Uno de mis favoritos es el de “el piso huele a muerto según entramos”, pero siempre había más: piezas del baño desmontadas, grifos que gotean o leche en mal estado. El contenido de los carteles, unido a “el arte con el que están escritos” han creado escuela. Tal vez sea más divertido si has escuchado hablar a la casera, porque te la imaginas diciéndolo… Y bueno, nada más, os dejo con los carteles. A disfrutar.

Written by dajoropo

15 octubre, 2008 at 12:00

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Un techo bajo el que vivir

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Prácticamente desde que llegué a Madrid una constante en mi vida ha sido la búsqueda de piso. Incluso cuando durante mi mayor período de estabilidad como inquilino, sabía que no estaría durante mucho tiempo en aquel piso. Era un pensamiento en segundo plano que me impedía hasta decorar el cuarto, pero ya he encontrado el que va a ser El Piso. Al menos durante el año que acabo de firmar en el contrato.

Del anterior me fui porque se me caía el techo encima (no he contado la historia, pero fue muy gracioso cuando una gota en la mano te despertaba a las 5 de la mañana, puede que algún día la escriba), y de este piso me voy por forma y tamaño, y básicamente porque lo busqué mientras se me caía el techo del anterior encima. En poco más de medio año habré vivido en tres pisos, creo que es una buena media para realmente conocer Madrid piso a piso.

La búsqueda de piso está complicada, tienes prácticamente que ser la primera persona en ver el piso, si no se lo llevan. Hay que mirar anuncios todos los días, filtrar, visitar, volver a mirar y empezar de nuevo, pero la verdad es que después de tanto tiempo, creo que lo he adquirido como costumbre. Casi diría que necesaria ¿Qué haré ahora que no tengo que buscar piso? Estoy pensando en seguir mirando para saber cómo está el mercado.

De momento me he puesto a buscar piso a cambio de que me inviten a cenar. Y he de decir que mi primera clienta no está nada disgustada con el piso que ha encontrado. Si es que al final tendría que haber montado una inmobiliaria, se forran sin hacer nada y yo currando…

Y eso es lo peor, el archienemigo del buscador de piso, su eterna Némesis, la inmobiliaria común. Habita en toda ciudad de la geografía española, aunque afortunadamente la especie está experimentando un descenso demográfico debido, principalmente, a la indigestión por la ingesta de carne en descomposición.

La inmobiliaria común duplica anuncios ya puestos por particulares, quita anuncios de las calles, se lleva un mes de alquiler por enseñarte un piso que todavía no han visto y del que nada saben responder y aún así no hacen bien su “trabajo”.

Desde esta experiencia añado las inmobiliarias al grupo formado por las discográficas multinacionales y las orejas de cerdo. Las cosas que no me importaría que desaparecieran del menú.

Así que nada, en agosto mudanza y por supuesto, fiesta de inauguración o Pendaison de crémaillère como dirían por encima de los Pirineos. Por cierto, ya hasta sé contar el chiste del pollo en francés, tiembla mundo…

Written by dajoropo

17 junio, 2008 at 23:33

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El lector de Princesa

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Una de las calles conocidas de Madrid es la calle Princesa, cerca de la que yo vivía hasta hace poco. Al pasar por Plaza de España se convierte en Gran Vía, haciéndose más conocida aún y a la vez llenándose de musicales y gente estresada.

En esta calle hay una agencia de viajes en cuya puerta siempre hay un hombre al que no me atreveré a llamar pobre, porque no sé si lo es. Por las noches duerme entre cartones y mantas que tiene siempre a su lado durante el día en una especie de carrito que parece que nunca mueve de allí, aunque este tenga ruedas.

Digo que parece que nunca mueve, porque no importa a que hora pase uno, él siempre está allí. Sentado o durmiendo, dependiendo de la hora a la que pasemos, pero allí constante y nunca, nunca, le he visto pedir ni coger dinero.

La cosa se vuelve más curiosa cuando gente que ha vivido en Madrid hace ya más de tres años comenta: “¿Aún sigue ese hombre ahí?”. Es casi un icono de la calle, podrían vender camisetas con su foto en las tiendas de souvenir.

Pero lo más curioso para mi es que, exceptuando alguna vez que se queda mirando a la gente pasar, siempre está leyendo. Cada vez que lo veo tiene un libro diferente, y para nada pequeño. Pensando en todo el tiempo que lleva allí y al ritmo que lee podría haberse engullido ya alguna que otra biblioteca.

Todas las típicas preguntas me asaltan cuando lo veo: ¿De qué vive? ¿Cómo consigue los libros? ¿Irá a la biblioteca? ¿Por qué está siempre en esas escaleras? Cosas que probablemente nunca sabré.

Hace poco tuve un problema de goteras en mi habitación y he tenido que mudarme, como no, durante días de lluvia. Para llevarme todas mis cosas necesité varios viajes, y eso que llevo aquí tres meses, pero qué fácil es acumular cosas.

Durante el último viaje de la mudanza llevaba una mochila de montaña con un cojín en la cima, la guitarra en la mano y unas bolsas en la otra. Una estampa curiosa para añadir al metro de Madrid. Si tuviese alguna foto os ilustraría con ella.

Cuando salí de mi calle por última vez y bajé por calle Princesa para ir al metro, pasé por delante del lector. Entonces me vio tan cargado de cosas, y se me quedó mirando. Nos mirábamos el uno al otro al principio, y luego él a mi.

Durante el recorrido de aquellos metros de acera me observaba, a mí y a mis bultos, a la guitarra en mi mano y al cojín que sobresalía tras mi cabeza. Y fue en ese momento cuando me di cuenta, con cierta media sonrisa pintada en la cara, que él, nuestro lector, probablemente se estaría haciendo las mismas preguntas que yo me había hecho antes sobre él.

Written by dajoropo

18 abril, 2008 at 11:08

El karma del Actimel

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Cómo el día de mi cumpleaños lo iba a pasar en Suiza y además caía en lunes, decidí hacer una fiestecilla el sábado anterior. Hay un grupo considerable de malacitanos en los madriles, así que mi piso iba a vivir mi primera fiesta en estas tierras.

Invitaría a unos ocho, algo íntimo que se diría, hasta que nuestro querido señor O (intentaré conservar su anonimato) me preguntó si podía traer un par de personas. Accedí de inmediato sin imaginarme que el señor O no sabe contar, y que un par pueden ser ocho o más personas. Simplemente tenemos diferentes conceptos en la aritmética básica.

No he descrito mi piso, pero es un tanto peculiar. Es antiguo, enorme y vivimos once personas, pero casi no me encuentro con nadie. Algunas habitaciones son más grandes que los mini pisos aquellos de la ministra y la gente hace vida en el cuarto. Más que piso parece un hostal.

Pese a su tamaño el piso no tiene un gran salón y la cocina no es para tirar cohetes. Todo lo que pudo ser convertido en dormitorio, fue convertido en pro de los beneficios del propietario, que tiene que estar de vacaciones todo el año a nuestra costa.

Volviendo al tema de la fiesta. Éramos muchos más de los que esperaba, y además no había comprado bebidas suficientes. Mi intento de mojito pese al cariño que le pusieron los creadores, no aguantó para que algunos invitados pudieran probarlo.

Pasaban las horas y ya no quedaba cerveza. Había gente que había traído bebidas, pero sin refresco. Junta un grupo de personas un sábado por la noche en una cocina con ron y diles que sólo cojan cosas de tu estante de la nevera, a ver que pasa.

Vi un zumo, oí hablar de una Coca Cola®, que por supuesto que yo no tenía y ya era más que consciente de que no controlaba aquello. Se acabaron las bebidas y nos marchamos a algún local de Malasaña con nombre de transporte marítimo.

Hasta aquí todo bien. Al día siguiente amanecí a las mil y me tomé una ducha matutina a las cuatro de la tarde. Poco después, el compañero de piso de Chipre toca en mi puerta para preguntarme si he visto su reloj en el cuarto de baño. Parece que alguien lo había cogido.

Mal rollo generalizado en la casa, nadie sabe nada del reloj. La casera dice que si se entera de quién ha sido lo echa. Todavía faltaba por preguntar a gente que no estaba en casa aunque el afectado daba la cosa ya por perdida.

Pensando en el karma y esas cosas que dice Earl, me da por decir “a ver si alguien, enfadado por la fiesta de ayer, ha pensado que el reloj era mío y en venganza se lo ha llevado”. Por otro lado pensaba en lo infantil que sería.

Pese a que lo dije por decir, nuestro amigo sin reloj, respondió que la compañera de piso argentina estaba bastante enfadada por la mañana dado que algún energúmeno se había bebido su Coca Cola®. Todo encajaba en mi puzzle mental, así que bajé al chino de turno a suplir la Coca Cola® y el zumo sustraídos, creyendo que con ello recuperaba el estado original de las cosas, y que el karma actuaría en consecuencia trayendo de vuelta el reloj de mi compañero de piso.

Al día siguiente me fui a Suiza, así que estaría cuatro días sin saber cómo continuaba esta interesante historia. Llegué el jueves. El reloj no había aparecido ni lo ha hecho todavía y la compañera argentina pese a mis disculpas muestra un carácter opuesto a lo gentil. Algo fallaba. Yo había repuesto lo hurtado, ergo el karma era un fraude.

Un par de días después, uno de los hombres mayores que viven en el piso me comentó en la cocina si se había resuelto lo de las cosas que faltaban, a lo que yo le conté el resumen de todo esto, y que si le faltaba algo que me lo dijera, que lo repondría.

– Pues a mi me faltan dos yogures
— ¿Dos yogures? Pero no creo que nadie vaya a coger dos yogures a las 3 de la mañana… de todas formas si quiere se los compro
— No, no, no, da igual, si tampoco es molestia. Son sólo dos yogures.

Yo pensaba que el tipo quería que le supliera aprovechando la coyuntura.

Otro día después me encuentro con algunos de los participantes de la fiesta y cuento toda esta larga historia, y mi desilusión ante el karma. Tras esto no puedo escuchar nada más que:

– ¡Ostia!, ¿a que no sabes lo que me contó el señor O sobre la fiesta?
— ¿Qué?
— Que fíjate tú si estaría borracho, que me dijo que hasta bebió Actimel® con ron…

Yo ya no sabía qué sería lo siguiente. Resulta que impulsado por el señor J (del que mantendremos también su anonimato) bebió esta curiosa mezcla en vista de la escasez de refrescos. Y lo peor de todo es que me luego me dice que estaba bueno y todo.

¿Debería comprar los Actimeles® para reestablecer el equilibrio cósmico?

Written by dajoropo

28 enero, 2008 at 12:00

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Llegada a Paris

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Pues la verdad es que no he sido consciente de que estaba en Paris hasta que he llegado. Parece una tonteria, pero tal vez lo sea. Ruben me recogio ayer en el aeropuerto y ya estoy instalado en su mini piso, pero que para mi gusto esta muy apañao (he tenido que mirar la tabla ASCII para poner esa ‘ñ’, espero que la sepais apreciar). Despues fuimos a comer sushi a un japones muy chulo. Si alguien me pregunta ahora mismo por la comida francesa, dire que se basa en el pescado crudo, salsa picante y que se come con palillos.

La verdad es que Ruben tiene en mente un monton de cosas, viajes y noches de poker. Esta noche vamos a comer a un restaurante donde los camareros son ciegos y las luces estan apagadas. Veremos si no le meto el tenedor a nadie en el ojo. Hay un plato sorpresa que puede ser cualquier cosa a adivinar (puedes decirles una lista de alimentos que no quieres antes, no vaya a ser que te de un ataque alergico in situ), y para ir al baño tienes que llamar al camarero para que te lleve de la manita. En el servicio hay luz, no hace falta que te aguanten la colita. Y el sabado vamos a una fiesta de cumpleaños a la Bretagne, llevare mi diccionario aunque no se hasta que copa sere capaz de leerlo…

Por si no lo habeis notado, escribo desde un pinche teclado franchute, asi que no vereis una tilde en un tiempo, y la verdad es que me cansa escribir aqui: la ‘a’ esta donde la ‘q’, la ‘z’ donde la ‘w’, y un sin fin de cambios de teclas mas que me hacen retroceder cada tres palabras escritas. Tambien me acabo de dar cuenta de que olvide el cable de la camara, asi que a ver como pongo fotos. Creo que casi mejor me pongo a hacer señales de humo…

Y el lunes comienzo las clases, a ver que tal. Tengo miedo de que me pongan en un nivel demasiado avanzado, bueno, para que engañarnos, tengo miedo de cualquier nivel que exija saber algo mas que ‘bonjour’ e insultos. Aunque siempre podre poner cara de pena o llevar una tortilla de patatas a clase. Ya os contare si ha funcionado.

Written by dajoropo

28 septiembre, 2007 at 13:39

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