Érase una vez un sueño

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Work better

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Desde que estoy en Zürich, cada vez que iba en un tren dirección al aeropuerto veía un edificio enorme que tiene escrito algo en la fachada. Nunca me daba tiempo a leerlo entero, básicamente porque nunca me acordaba de estar atento de una vez a la siguiente, pero ya la última vez me dió tiempo a leer el principio y San Google ha hecho el resto. De momento creo que sólo hago bien el paso 10.

How to work better:
1. do one thing at a time
2. know the problem
3. learn to listen
4. learn to ask questions
5. distinguish sense from nonsense
6. accept change as inevitable
7. admit mistakes
8. say it simple
9. be calm
10. smile

Últimamente he escuchado ya varias veces que por aquí se “vive para trabajar”, y no “se trabaja para vivir”. ¿Cual será la mejor? A ver si un día me acuerdo y le hago una foto. Estos suizos…

Written by dajoropo

11 junio, 2009 at 19:29

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El karma del Actimel

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Cómo el día de mi cumpleaños lo iba a pasar en Suiza y además caía en lunes, decidí hacer una fiestecilla el sábado anterior. Hay un grupo considerable de malacitanos en los madriles, así que mi piso iba a vivir mi primera fiesta en estas tierras.

Invitaría a unos ocho, algo íntimo que se diría, hasta que nuestro querido señor O (intentaré conservar su anonimato) me preguntó si podía traer un par de personas. Accedí de inmediato sin imaginarme que el señor O no sabe contar, y que un par pueden ser ocho o más personas. Simplemente tenemos diferentes conceptos en la aritmética básica.

No he descrito mi piso, pero es un tanto peculiar. Es antiguo, enorme y vivimos once personas, pero casi no me encuentro con nadie. Algunas habitaciones son más grandes que los mini pisos aquellos de la ministra y la gente hace vida en el cuarto. Más que piso parece un hostal.

Pese a su tamaño el piso no tiene un gran salón y la cocina no es para tirar cohetes. Todo lo que pudo ser convertido en dormitorio, fue convertido en pro de los beneficios del propietario, que tiene que estar de vacaciones todo el año a nuestra costa.

Volviendo al tema de la fiesta. Éramos muchos más de los que esperaba, y además no había comprado bebidas suficientes. Mi intento de mojito pese al cariño que le pusieron los creadores, no aguantó para que algunos invitados pudieran probarlo.

Pasaban las horas y ya no quedaba cerveza. Había gente que había traído bebidas, pero sin refresco. Junta un grupo de personas un sábado por la noche en una cocina con ron y diles que sólo cojan cosas de tu estante de la nevera, a ver que pasa.

Vi un zumo, oí hablar de una Coca Cola®, que por supuesto que yo no tenía y ya era más que consciente de que no controlaba aquello. Se acabaron las bebidas y nos marchamos a algún local de Malasaña con nombre de transporte marítimo.

Hasta aquí todo bien. Al día siguiente amanecí a las mil y me tomé una ducha matutina a las cuatro de la tarde. Poco después, el compañero de piso de Chipre toca en mi puerta para preguntarme si he visto su reloj en el cuarto de baño. Parece que alguien lo había cogido.

Mal rollo generalizado en la casa, nadie sabe nada del reloj. La casera dice que si se entera de quién ha sido lo echa. Todavía faltaba por preguntar a gente que no estaba en casa aunque el afectado daba la cosa ya por perdida.

Pensando en el karma y esas cosas que dice Earl, me da por decir “a ver si alguien, enfadado por la fiesta de ayer, ha pensado que el reloj era mío y en venganza se lo ha llevado”. Por otro lado pensaba en lo infantil que sería.

Pese a que lo dije por decir, nuestro amigo sin reloj, respondió que la compañera de piso argentina estaba bastante enfadada por la mañana dado que algún energúmeno se había bebido su Coca Cola®. Todo encajaba en mi puzzle mental, así que bajé al chino de turno a suplir la Coca Cola® y el zumo sustraídos, creyendo que con ello recuperaba el estado original de las cosas, y que el karma actuaría en consecuencia trayendo de vuelta el reloj de mi compañero de piso.

Al día siguiente me fui a Suiza, así que estaría cuatro días sin saber cómo continuaba esta interesante historia. Llegué el jueves. El reloj no había aparecido ni lo ha hecho todavía y la compañera argentina pese a mis disculpas muestra un carácter opuesto a lo gentil. Algo fallaba. Yo había repuesto lo hurtado, ergo el karma era un fraude.

Un par de días después, uno de los hombres mayores que viven en el piso me comentó en la cocina si se había resuelto lo de las cosas que faltaban, a lo que yo le conté el resumen de todo esto, y que si le faltaba algo que me lo dijera, que lo repondría.

– Pues a mi me faltan dos yogures
— ¿Dos yogures? Pero no creo que nadie vaya a coger dos yogures a las 3 de la mañana… de todas formas si quiere se los compro
— No, no, no, da igual, si tampoco es molestia. Son sólo dos yogures.

Yo pensaba que el tipo quería que le supliera aprovechando la coyuntura.

Otro día después me encuentro con algunos de los participantes de la fiesta y cuento toda esta larga historia, y mi desilusión ante el karma. Tras esto no puedo escuchar nada más que:

– ¡Ostia!, ¿a que no sabes lo que me contó el señor O sobre la fiesta?
— ¿Qué?
— Que fíjate tú si estaría borracho, que me dijo que hasta bebió Actimel® con ron…

Yo ya no sabía qué sería lo siguiente. Resulta que impulsado por el señor J (del que mantendremos también su anonimato) bebió esta curiosa mezcla en vista de la escasez de refrescos. Y lo peor de todo es que me luego me dice que estaba bueno y todo.

¿Debería comprar los Actimeles® para reestablecer el equilibrio cósmico?

Written by dajoropo

28 enero, 2008 at 12:00

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Veinticinco y una fondue

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Y parece que fue ayer cuando estaba yo cumpliendo años en Finlandia, y con ello por primera vez fuera de España. Hace ya cuatro años de eso y ahora me encuentro en una habitación de hotel en Ginebra, Suiza, en algo que se parece al barrio rojo de Ámsterdam a excepción de que las señoritas llevan paraguas. Es que hoy llueve.

Empecé haciendo un resumen de los últimos cumpleaños, intentando acordarme de qué estaba haciendo hace uno, dos, tres, cuatro, y hasta cinco años. Más allá todo se difumina y no consigo distinguir apenas ningún cumpleaños, excepto uno en el que la tarta tenía forma de barco. La edad, no importa, la tarta estaba buena.

Ya que me ha tocado un día un tanto feo en Ginebra, que aquí todo cierra pronto y que he venido solito en este viaje, me decidí a ir a comer algo nuevo y muy suizo, o al menos algo de las zonas colindantes y me dirigí al bar restaurante recomendado por mi contacto en Suiza.

Dado que pagaba la empresa y que tenía hambre, allí que me pedí una ‘fondue al pesto’. Toda ella para mí. Medio litro de cerveza y una bola de helado de chocolate acompañaban el encargo de cumpleaños del que me sentía orgulloso por haberlo hecho en francés. De los montes de Málaga, pero en francés. Mi marcador de ciudadano del mundo ganaba puntos.

Mientras esperaba la comida pensé en que quería escribir algo aquí, que está el chiringuito algo abandonado desde que estoy en Madrid. Pensaba en escribir sobre la separatidad (sensación de separación) del ser humano de la que he estado leyendo hace poco. Único gran problema al que nos enfrentamos en la vida, y ponerme en plan profundo a divagar de esto, aquello y de lo otro. Mi marcador intelectual podía sumar unos puntos.

Pero el desarrollo de la cena, alteró mis planes, y es que no sabía cómo comer una fondue. Primero vino la cerveza a la mesa, luego un plato con pan y otro platito con un delgado y largo tenedorcito. Tras esto llegó una especie de hornilla con una llama azul. Por ahora todo bien, lo único comestible era el pan, así que no existían demasiadas posibilidades de error. Tras esto el camarero colocó una cacerola sobre el fuego, con un líquido hirviente, burbujeante, palpitante. Se aproximaba la hora de comer, pero aún no sabía cómo.

El camarero dejó de pasar, y de traer cosas nuevas. Yo me entretenía mirando los mensajitos de feliz cumpleaños (muchas gracias de paso) y el tiempo pasaba. Intentaba actuar con normalidad, como alguien que sabe lo que hace, con esa cara que tiene siempre Sean Conery, y seguí esperando con aires de normalidad.

Ya se había evaporado un tercio de la cacerola cuando el camarero me preguntó si algo iba mal. Y ese fue el momento señores y señoritas. En ese mismo instante me empequeñecí cuanto pude y dejé de intentar aparentar ser un 007, pensé que seguía siendo el catetillo que siempre he sido y en ese momento dije, en inglés para intentar ampararme en mi condición de extranjero, “es que no sé como se come”. La frase tiene miga.

Tras una demostración práctica sin necesidad de palabras, pude empezar a comer, y darme cuenta de que si hubiese preguntado antes en vez de hacerme el listo, ahora tendría un tercio de fondue más. Mi marcador de estúpido ascendía hasta límites insospechados.

Ahora tan sólo tenéis que imaginar a un pobre payaso en suiza comiéndose una fondue mientras se ríe sólo. Así será fácil recordar este cumpleaños, será el cumpleaños de la fondue, o el de “si no sabes, pregunta hijo”. Que diría mi tan sabía madre.

Existen muchas formas de desnudarse. Quitarse la ropa es tan sólo una de ellas.

Written by dajoropo

14 enero, 2008 at 23:56

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