Érase una vez un sueño

Juan sin olvido

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Era el día de su cumpleaños y Juan estaba a punto de soplar las velas. Es cierto que no era muy dado a creer en ese tipo de tradiciones, pero ¿por qué no? En ese mismo instante decidió que este año si que pediría un deseo de verdad. Lo pensó y sopló con energía las velas.

El salón estaba lleno de cajas vacías, había platos con algún resto de comida sobre las mesas y alguna botella abierta que ya nadie terminaría. No quedaba ni un alma en la casa, todos se habían ido y era hora de dormir.

Juan estaba cansado. Después del largo día y de la fiesta de cumpleaños junto con su organización pensó que caería rendido en la cama. Al entrar en el dormitorio, sobre la mesita de noche, vio el reloj de Sara. No sabía que estaba todavía allí, y de repente se sintió fatal. Comenzó a recordar como ella le había dejado apenas un día antes de su cumpleaños. Cómo lo hizo y como estuvo a punto de no celebrarlo. Horrible.

Ya dentro de la cama no podía dormir. No hacía más que recordarla, le daba vueltas a todo lo que le pasó con Sara. ¿Qué había hecho él? ¿Acaso se merecía ese trato? Recordaba lo bueno que vivió con ella, pero también lo malo, lo recordaba todo.

Las horas pasaban y no hacía más que dar vueltas en la cama. Probó a hacer ejercicio y volver a la cama. Se levantó para beber agua o ir al baño cientos de veces. Probó a leer, pero no se la podía quitar de la cabeza.

Pensar en otra cosa tampoco le ayudaba, porque casi todo lo que pensaba le terminaba llevando a Sara. Parecía como si todo estuviese conectado con ella. Hasta contar ovejas le recordaba la granja que visitó el año pasado con Sara.

Incluso sus recuerdos más lejanos no servían, siempre terminaban llevándole a una época más reciente donde aparecía ella. Daba igual qué recordase, podía pensar en cosas que le ocurrieron en su niñez con una precisión desconcertante y, sin embargo, enlazando un pensamiento con otro siempre llegaba a Sara.

Después de pasar varias noches en vela, Juan estaba fatal. Con ojeras y liado en una manta recibió a su amigo Pedro. Tenía que hablar con alguien y Pedro era su mejor amigo.

– Por muy difícil que te parezca, no es imposible, todos hemos pasado situaciones de estas alguna vez, y todos hemos seguido adelante. – decía Pedro sin saber muy bien qué decir.
– Ya lo sé, pero es que no consigo pensar en otra cosa, creo que me estoy volviendo loco.
– Tienes que tratar de olvidar a Sara, empezar de nuevo. Tal vez todavía sea pronto para pensar en otra mujer, pero está claro que tienes que olvidarla como sea. Cambiar el chip.
– Bueno, hay una cosa que no te he dicho, y aunque parezca un poco estúpida, ya no sé que pensar.
– Cuéntamelo, sabes que a mí me lo puedes contar todo.
– ¿No te reirás?
– Seguro que no.
– ¿Recuerdas cuando soplé las velas el día de mi cumpleaños?
– Sí.
– ¿Conoces la tradición típica de pedir un deseo al soplar?
– Sí – respondió Pedro casi preguntando.
– ¿Sabes que pedí?
– No. Pero de eso se trata, el deseo es un secreto, ¿no? – Pedro esbozó una leve sonrisa sin saber a dónde trataba de llevarlo Juan.
– Pues resulta que pedí no olvidar.
– ¿No olvidar?… pero… ¿Nada? Precisamente ahora necesitamos que lo hagas para poder seguir adelante… – Pedro se quedó pensando unos minutos – Un momento… cuando tú pediste el deseo…. ¡Sara ya te había dejado! Fue justo antes de tu cumpleaños ¿Qué sentido tiene? No lo entiendo, ¿Por qué lo hiciste?
– Pues… porque no quiero olvidarla.

Written by dajoropo

25 marzo, 2007 a 10:06

Publicado en Zapatazos

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3 comentarios

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  1. chaleee…
    esa Sara es como una mujer violín… o, si me apresuras un poquito, una chinuda sinaloense.

    Nononono.. esque eso de andar de amores nomás es pura agonía dulce.

    uuuggghhhh….

    Te debo un relato y ¡¡¡no lo olvido hermano!!!

    kluzter

    26 marzo, 2007 at 4:53

  2. Esa Sara no tendra nada que ver con cierta filandesa que un día me persentaste verdad?

    Otra pregunta, consiguio “Juan” olvidarse de sara cunado le conto el deseo sereto a su amigo. A lo mejor al contarselo y romper las reglas de los deseos cumpleañeros el deseo se evapora.

    En fin que el amor te sonrria y suerte tanto para olvidarla como para recordarla “Juan”.

    Glaurung

    2 abril, 2007 at 0:27

  3. Hola!

    Pues no se me había ocurrido eso de que al contarlo se perdiera el efecto, pero no sé si tendría gracia. Es que en principio se me ocurrió como una historia de terror, pero claro a la gente le gustan más los amorios🙂

    “Sara” no es Sara, yo no soy “Juan”, ni tú eres tú, ni nadie está leyendo esto.

    Un saludo

    dajoropo

    3 abril, 2007 at 16:07


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