Érase una vez un sueño

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Pimpi la ladrona

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Al principio sólo me di cuenta cuando de repente mis calcetines o calzoncillos aparecían por cualquier parte de la casa, y como no voy haciendo stripstease por cualquier parte (al menos desde que vuelvo a vivir con mis padres), pues empecé a sospechar que pasaba algo raro.

Tras debatirlo con mi madre resultó ser que la gata, la mayor de todas, no soportaba que su única cría pese ya unos 4 kilos, así que recogía cualquier prenda o peluche que pudiese arrastrar con la boca para recordar sus tiempos de madre de un recién nacido. No negaré la parte cómica de levantarte por la mañana y tener que buscar por toda la casa la zapatilla que te falta a la pata coja, pero pese a la posible pérdida de esos momentos de humor, comenzamos a tener más cuidado en guardar las cosas dónde la gata no pudiese llegar.

Parecía funcionar, pero no habíamos tenido en cuenta lo cosmopolita que puede llegar a ser una gata, y dado que en nuestro vecindario casi todas las casas tienen la misma altura, pues es el lugar perfecto para que un gat@ pueda deambular por dónde quiera. Así que poco después empezamos a ver prendas por el suelo de la casa que no eran de ninguno de los que aquí vivimos.… Vamos, que la gata decidió descubrir mundo y traerse como souvenir cualquier prenda que pillase en la colada de las casas vecinas.

Claro, a alguna gente, el tener bragas o sujetadores de una vecina le puede parecer una suerte, podría ir de casa en casa preguntando a todas las vecinas de buen ver:

— ¿Son tuyas?, ¿Puedo vértelas puestas?

Pero desgraciadamente no vivo en Melrose Place, así que teniendo en cuenta que la media de edad femenina de mi vecindario no creo que baje de los 40 años, no le veo mucha utilidad a esas supuestas visitas, además, que creo que los vecinos podrían empezar a sentirse mal hacia mi persona al descubrir al dueño de la cleptómana criatura. Aunque también la solución de lo que para ellos es un misterio.

Mi madre, en vista de un posible acto de venganza por parte de los damnificados contra el pobre animal, ha decidido comprarle una correa a la gata para tenerla retenida e intentar que cese en su afán afanador. Lo malo es que las correas, creo que están más bien hechas para los perros, porque se la he intentado colocar varias veces y ni Houdini se escapaba con tanto estilo, así que parece que no hay forma de pararle los pies al animalito.

En fin, espero que se contenga de tanto robo de prendas interiores, calcetines y medias, porque a este ritmo podremos abrir una tienda en breve. A ver si las tortugas hacen algo que yo no sé y me encuentro con otra sorpresa…

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Written by dajoropo

22 marzo, 2006 at 12:15

Publicado en Lo que une un día con otro

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