Érase una vez un sueño

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Cuatro situaciones en Marruecos

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Por si luego se me olvida alguna, o por si me llamáis abuelo cebolleta contando historietas, o por si no os veo normalmente o por si queréis leerlas.

Contadas en orden cronológico inverso.

Propiciada con resultado inesperado.

Para salir de Fez regateábamos el precio de un taxi, éramos 4 personas y en Marruecos es normal que en un mercedes se metan hasta 6 personas más el conductor. Mientras hablábamos del precio, le dije al conductor que iríamos nosotros solos, los 4, nadie más.

Después de aceptar nuestro precio y empezar a meter las maletas se sentó un hombre mayor, con chilaba y sombrero, elegante, en el asiento del acompañante. Yo le dije al conductor que habíamos acordado ir solos, era un viaje de varias horas y no quería que mi padre estuviese como en una lata de sardinas.

El conductor empezó a decir, que no pasaba nada, había mucho sitio en el coche y demás. Le dijimos que si no cogeríamos otro taxi.

Cuando el conductor le dijo al anciano que saliese del taxi, este se me quedó mirando. Una mirada que se me clavó. No comprendía por qué no le queríamos dejar viajar con nosotros. Ni él hablaba español ni yo francés, y árabe menos. No tengo ni idea de qué es lo que le diría el conductor para sacarlo, así que no sé que pensaría de nosotros, pero seguro que nada bueno.

Me sentí impotente, yo quería decirle que el que le había dicho que podía subir cuando a mí me acababa de decir que iríamos solos era el conductor. Él era el mentiroso, el malo de la peli, no yo.

Pero nada, allí se me quedó clavada la mirada.

Sin saber lo que pasaba.

Me disponía a pagar el almuerzo de todos, me acerqué a la barra del restaurante. Había un anciano esperando con un billete en la mano. No llevaba casi nada de tiempo en la cola cuando uno de los camareros llamó al anciano, este dejó el sitio libre, y caminó hacia mis espaldas. Yo sin darle más importancia me acerqué y pagué.

Cuando tenía el cambio y me di la vuelta vi al camarero y al anciano discutiendo. No sabía muy bien qué pasaba, pero por los gestos creí entender que le regañaba por haberse puesto por delante mía en la fila para pagar. No lo entendía, algo como si hubiese que tratar al turista por encima de los demás.

Para variar no supe qué hacer. Me acerqué al anciano cuando el camarero se había ido, y no se me ocurrió otra cosa que hacer un gesto de “puede ir, disculpe”. El anciano me retiró la mirada e hizo un gesto con el brazo como de “déjalo”.

Me sentía como un capullo.

Con buenas intenciones.

Durante nuestro primer día en Fez un joven se nos acercó y nos fue hablando durante mucho rato. Se hizo guía espontáneo, como muchos otros antes. Nosotros le dijimos que no le íbamos a pagar nada, que no queríamos guía. Él siempre contestaba que no pasaba nada, “yo amigo, no guía”.

Llegamos al final de nuestro recorrido y nos pidió algo de dinero, nos daba un poco de pena porque había estado todo el rato cojeando un poco, pero le dijimos lo de “yo amigo, no guía”. Se fue enfadado.

Llegó la hora de la cena y salimos a comer algo. Yo era el que tenía hambre, pero mi hermano y su novia me acompañaban (tanto té ultra azucarado quita el hambre). Pedimos en un restaurante bastante cutre, con mesas en el exterior y mientras comentábamos el día se decidieron a pedir un plato cada uno.

Los platos resultaron ser enormes. Como dos platos de cualquier otro sitio en el que hubiésemos comido. Pensamos que tres platos eran demasiado y que era una pena desperdiciar uno.

Mirábamos a los turistas que acababan de llegar a la mesa de al lado para decirles que cogieran uno de los platos, cuando en ese momento vimos no muy lejos al joven “guía” de antes apoyado contra la pared.

Le llamamos y le preguntamos si había cenado. Dijo que no y le invitamos a cenar con nosotros. Le dijimos que habíamos pedido demasiado y toda la historia. No lo pensó mucho y dijo que no gracias, que no podía o algo que no entendimos.

Pensamos que era orgullo, si no le habíamos pagado antes, ahora no quería nuestra comida o algo por el estilo. Pero al rato volvió. Habló con el dueño del restaurante y dijo que gracias que lo comería, pero en la cocina.

Y en la cocina se lo comió. Nosotros sorprendidos.

Primera cagada en Marruecos.

En Tánger todas las calles de la medina estaban bastante sucias, así que nos llamó la atención aquel anciano que barría, con una deteriorada escoba, la puerta de su tienda de fruta. La pared era de un marrón anaranjado, tenía montones de mandarinas y plátanos en la entrada, él vestía una túnica también de un color afín… Necesitaba una foto.

Tomé una del exterior. Luego mi padre dijo de comprar alguna fruta. Mientras nos estaba sirviendo mandarinas se nos ocurrió la maravillosa idea de tomarle otra foto, claro que esta vez no había suficiente luz y saltó el flash.

Tras dejar de servir más mandarinas en el cuenco, se giró y se quedó callado, mirándonos, serio. Pensamos que no le había hecho mucha gracia la foto.

Dijimos lo típico de perdón, ¿le importa si le tomamos una foto? (un poco tarde, ¿no?) que lo sentíamos mucho y demás. Él no dijo nada y arrojó las mandarinas de nuevo a la cesta inicial con todas las demás. Sin decir nada más, nos marchamos.

Me sentía como el culo.

Written by dajoropo

20 diciembre, 2006 at 20:08

Marruecos. Fez y Azrou

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La segunda parte del viaje continuó con un trayecto en autobús, dónde unos portamaletas nos amenazaron (bastante agresivos) por no querer pagarles por haber subido nuestro equipaje arriba (pedían la mitad del precio del billete de un viaje de 5 horas por subir cada maleta). Al final la cosa no estuvo tan fea y le dimos un poco cada uno (aún así, más de lo que merecían, claro).

Tras este incidente y dado que en el autobús no había demasiado espacio para las piernas (5 horas con una parada de 30 minutos), al llegar a Fez estábamos bastante desorientados. Tanto que seguimos a un “hotelero” que nos hizo el gato con unas habitaciones (las más baratas que he pagado en mi vida, he de decir, menos de 4€) donde dormimos una noche. De la que salimos escarmentados, la noche siguiente la pasamos en el albergue juvenil.

Fez tiene una de las mayores medinas, más de 300 calles con más de 300 mezquitas, nadie puede poner excusas por no rezar. La calle principal es largísima y está llena de comercios, hasta arriba de productos, donde empiezas a preguntarte ¿Realmente todo el mundo vive aquí del comercio? ¿Se puede necesitar comprar tantas cosas?

Cruzando esta calle es normal tener que apartarse a un lado cuando algún burro sube a toda prisa cargado de productos, a veces casi te atropellan. Escuchar los rezos desde las múltiples mezquitas mientras la gente camina de un lado para otro. Es una pequeña locura dónde también se venden alimentos con una higiene que deja bastante que desear.

Para mí lo más impactante de la medina fueron los talleres. Los lugares donde trabajan el cuero, donde lo pintan, donde tejen las mantas y alfombras. Si te interesa saber como serían durante la Edad Media no tienes que imaginar mucho, casi no han cambiado.

Algunos trabajan en cuartos sin ventanas ni ventilación, otros meten casi el cuerpo entero en tinajas llenas de algún producto nada recomendable (si algo le quita el color y el agua al cuero, no creo que sea bueno para tus piernas…). En fin, una impresión, que le hace a uno preguntarse muchas cosas.

La parte nueva de la ciudad no tiene nada que ver con la medina. Grandes avenidas, coches en lugar de burros, vestimentas mucho más europeas, McDonald’s… en fin lo que nosotros llamamos modernidad, incluso había oficina de turismo.

En Fez me di cuenta de una de las grandes diferencias de este viaje. Estoy acostumbrado a entrar en monumentos, museos, catedrales y demás puntos típicos para un turista. En Marruecos esto no es así.

Dado que los “infieles” no musulmanes no podemos entrar en sus lugares sagrados (casi cualquier lugar que te interese) y que los pocos sitios que podíamos visitar los dejamos por cuestiones de horarios, pues casi todo el tiempo era pasear por las calles y observar. Contratar un guía oficial es muy recomendable, dado que te explica las historias de las diferentes calles y te lleva por lugares en los que tal vez no te atreverías a entrar solo y hace que el paseo no se vuelva repetitivo.

Desde Fez salimos hasta Azrou, un pueblo de montaña que está bastante bien situado para visitar un gran bosque de cedros (con monos y jabalíes incluidos), lagos, cuevas y demás maravillas naturales. Este pueblo también fue de lo mejor del viaje, la gente es más amable y no están intentando venderte algo a cada instante, o tal vez esa sea una opinión influenciada porque antes habíamos estado en Fez…

Tras dos días más relajados en Azrou, tomamos rumbo hacía Fez de nuevo en autobús y luego un par de trenes hasta Tánger, taxi, ferry, buscar mi coche que seguía intacto junto al puerto y vuelta al hogar.

“Adiós mundo cruel,
me voy a Marruecos
para nunca volver,
colgar el batín,
cambiar bisturí
por chilaba y cachimba.”
M-Clan – Chilaba y cachimba

Written by dajoropo

19 diciembre, 2006 at 22:06

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Marruecos. Cruzando el estrecho hasta el pueblecito azul

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Pues niños y niñas, como ya sabreis, mi última aventurilla ha sido la vecina Marruecos. Tenía algo de miedo antes de ir, pero he de decir que hemos vuelto todos los integrantes del viaje un poco menos sanos pero a salvo.

Antes de ir, Clara que es mi referencia en cultura marroquí, me dijo que el primer día se pasaba algo mal, pero que luego todo iba bien. Cuanta razón tenía.

Llegamos a Tánger más de dos horas tarde de lo esperado. Habíamos perdido el primer ferry de la mañana y este había tenido que ir más lento por el estado de la mar. Hubo vómitos, gente mareada por los suelos, el restaurante del barco hecho un desastre con cantidad de productos por los suelos. En conjunto, algo así como Titanic pero en cutre y con café a uno cincuenta.

Con Tánger llegaron los choques culturales, los guías espontáneos que luego te piden 15€ (que no pagamos para su enfado), los baños sin agua caliente, las calles sucias y un sin fin de personas intentando venderte algo.

Después de que el “guía” nos llevara a una tienda de un amigo suyo para ver la ciudad desde la azotea y tomar un güisqui marroquí (té verde con menta). Su amigo empezó a ofrecernos montones de mantas y alfombras, que no queríamos comprar, pero eran tantas las ganas de vendernos algo que tenían, que más o menos media hora después salimos de allí (sin haber comprado nada) habiendo dejado a unos cuantos marroquíes molestos y con ganas de ir al hotel descansar. Aquí acababa el primer día, en el que lo pasas mal.

Yo estaba acostumbrado a regatear en México, pero incluso allí las cosas tenían sus límites (o eso creía yo), podías regatear el precio de un taxi o algún souvenir, pero no mucho más. En Marruecos hemos regateado el precio de taxis, las habitaciones de hotel, los platos del menú de un restaurante, los guías oficiales, la entrada a un cementerio…

El segundo día, de Tánger a Chaouen nos llevó un taxista de unos 70 años que había trabajado un tiempo en Alemania que reía y contaba muchas historias. Por supuesto conducía con el estilo marroquí.

Hubo un momento en carretera de doble sentido en que yo, simplemente consideré que tardaba demasiado en volver a su carril y que el coche del carril contrario había pasado demasiado cerca, vamos que casi nos chocamos y que me cagué vivo. Él, tranquilo, contestó que era profesor de conducción y después esnifó una especie de tabaco en polvo que se vende allí. Pintoresco.

Chaouen es precioso. Recuerda un poco a Andalucía, y la medina es completamente blanca y azul. Repleta de las típicas calles estrechísimas de Marruecos, se respira mucha tranquilidad, aunque como es bastante turístico, siguen existiendo todavía algunas personas que quieren ser tu guía o venderte cosas, pero comparado con Tánger no es nada.

Tras Chaouen nos dirigimos a Fez, una de las ciudades imperiales y que se considera la ciudad con la medina mejor conservada, pero como el escrito me está quedando algo largo, y ya sois merecedores de mi gratitud por llegar hasta esta línea, paro aquí.

“Donde haya un marroquí, habrá una tienda”

Written by dajoropo

16 diciembre, 2006 at 15:24

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